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Hoy me he dado cuenta de que para ser  presunto periodista no hace falta leer a Grijelmo y su manual (aunque digan que es imprescindible). También he sufrido que mi orgullo de defensor de aquello que decía Furio Colombo de que las noticias no deben ser  tormentosas (esas que vienen cuando hay una masacre y no tienen final, porque no dan follow en el Twitter) ha quedado pisoteado. Sin embargo, hoy me he dado cuenta de que para ser periodista (con rintintín y en minúscula) hay que leer a Ovidio, y que me perdone Ovidio por lo que voy a decir a continuación.

Es que en muchos casos, la tragedia griega estaría pletórica ante los presuntos periodistas que se limitan a contarte una tragedia de esas que provocaban la catarsis del público, que no contribuyen a su interés real, por cierto. Estas no noticias se caracterizan por su exceso de humanidad y su falta de datos. Además suelen ofrecer al lector una ración de ideología y tres cuartos de simplismo. Pero vamos, que lo importante es que así te hacen un retuit cada 2 minutos y de fijo que te hacen estandarte de algo.

Sin embargo, cuando esto se generaliza demasiado toca preguntarse ¿dónde queda la labor de servicio público? Y ahora es cuando servidor se prepara para los unfollows o para que lo llamen facha o rojo, ya ve usted va a haber repertorio. Hoy voy y me encuentro una batalla campal porque una señora en el ABC ha dicho que hay cientos de miles de estudiantes que seguro que usan la beca para ponerse tetas tomando como dato irrefutable una de la que le hablo una amiga. Con esto pretendía ilustrar que en ciertos casos los becados usamos la beca como papel higiénico. Es que claro un estudiante, y más si es de Periodismo, es la reencarnación de Rockefeller.

No le voy a negar señora mía, que no le faltaba razón en una cosa: hay personas que sí usan las becas para tocarse sus respectivas partes genitales (y subsidios, y ayudas, y hasta la comida que se dona en Cáritas). Hay personas que llegan un año a una carrera y se van con sus 6.000 euros calientes (otras se dan cuenta de que no es su vocación y se cambian, no lo metamos todo en el mismo saco). Hay otras con dinero suficiente como para usar la beca como un extra u otras que la usan para comprarse ropa y en un mes se ven sin un céntimo . Y entre todas estas también están quienes tienen en el frigorífico una lista de todos los supermercados para ahorrar el céntimo, pero de esos nadie habla y esos siempre han existido.

Sinceramente, me parecería interesantísimo que alguien me contase cómo se ha despilfarrado ese dinero o cuantas becas frustradas han habido, pero no en forma de tragedia y someramente. Me parece estupendo que se hable de que hay gente que no aprovecha las becas e incluso hay quienes están en una carrera por pasar el rato (¿resultado de una falta de orientación previa? Quién sabe y a quién le importa, ¿no?) y que se abra debate (pensar es bueno). Pero también hay otra cara, la de los que se están yendo forzadamente, y cómo contamos muchas veces estas historias. Pues con una historia tierna, de desesperación, casi abrasiva, donde el interés humano puede llegar a cegar el problema social.

Porque aunque suene fatal a mí lo personal, me afecta, me puede herir y despierta mi empatía; pero si no hay nada más solo veo una historia, pero hay más, mucho más que contar. Ya lo dice Pilar Diezhandino: “Las cifras son frías y las historias calientes”. Y nos hemos olvidado porque preferimos contar o dar por válida una historia lacrimógena (que insisto nos va a dar me gustas en Facebook a porillo a contar el porqué se produce).

Desgraciadamente, contando las historias así conseguimos polémica. Conseguimos convertir a personas en estandartes y cegamos el problema que se esconde. Porque puedes conseguir que suelte un “rojos de mierda, me han robado” como se lee por ahí. Seguramente puedas provocar que llame “hijo de puta al ministro de turno”, pero si no me cuentas que detrás de una historia hay un problema social, entonces estás haciendo una tragedia.

Y digo tragedia porque en cierto modo esas historias, despiertan esa empatía y ese alivio de saber que en estos momentos no estás tan mal. Provocan esa catarsis, provocan esos deseos de retorcer algún cuello o de ir sacando implantes de silicona. Sin embargo, esas historias no suelen dar respuesta a un problema. Y me equivocaré para muchos, y otros hablarán de que soy un desalmado, pero a mí dame una relación de alternativas a la beca pública junto a esa historia, que las hay (porque hay gente que aunque pueda pagarse una carrera no puede afrontar una formación complementaria, no puede hacer un Erasmus o aprender idiomas ahora que nos toca coger la maleta).

A mí háblame de los fundamentos que garantizan la educación y cuales están siendo vulnerados. También te leeré con gusto que me hables de los precios de algunas privadas que equivalen a tres años de salario de nuestros padres, al menos del mío.  Cuéntame otras alternativas al sistema de beca para evitar “que me pongan tetas o que deje la carrera entre lágrimas”, abre el debate y da voz a nuevas alternativas (manda a tomar por saco el teletipo y coge el teléfono). Pero, por favor, no me hagas llorar, porque estudiando Periodismo, con las noticias de EREs y ejemplos así, ya tengo motivos.

Por todo esto, hoy más que nunca debemos revisar si queremos escribir tragedias (entonces te has equivocado de carrera y más si lo haces en un medio nacional) o si quieres prestar un servicio público, hacer periodismo, entonces avísame que te lea.

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