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Pongan sus facturas, los apuntes infumables o ese recuerdo de quien les partió el corazón en el lugar más recóndito de sus hogares. Denle tiempo y me comentan qué pasa. ¿Sigue ahí? ¿No se ha evaporado, verdad? Pues el aborto, una práctica que ilustra una falta de de educación sexual, de seguridad o a veces la mala calidad del condón o el exceso de pasión de los amantes, también va a seguir en España.

En 1976, Neliana Tersigni relataba lo que pasaba en la sala de espera de un departamento-clínica londinense. Todos los rostros, todos los acentos españoles juntos y con un denominador común la mirada de quien no podrá narrar lo que pasó al volver a casa . Abunda en estos días eso de que ahora el aborto seguro es de ricos. También de desesperados, queridos, y es que con esta ley la usura ha encontrado a otro amante: la desesperación.

El aborto clandestino con apariencia de profesionalidad no es barato, en ningún lugar. Por cuestiones profesionales pude comprobar como  una práctica clandestina y sin garantías llega a costar 1.000 euros y  pude ver cómo las mujeres lo consiguen, aliándose con la usura. Préstamos descabellados, empeños discretos a costa de la justicia y un largo etcétera pueblan este mercado.

Lo que es barato, puede salir muy caro. La mujer impulsada por el miedo, por la falta de alternativas o por la presión del entorno puede acabar consumiendo hierbas mágicas y misteriosas o sufrir sobredosis de fármacos comunes (que pueden ser abortivos a largo plazo) por malos consejos.

No es lo más drástico, hablando con profesionales me contaron casos de aborto caseros, simplemente horripilantes. El peor fue una madre que para evitar la vergüenza de que su hija fuera madre soltera se encargó de sacarle al bebé (parcialmente) con una aguja de tejer.

El resultado de estas práctica en la sombra son intoxicaciones, infecciones por interrupciones inadecuadas y una larga lista que representa un riesgo de muerte, que se eleva (salvo que la trama clandestina en España sea espectacular) desde el viernes 20 de diciembre de 2013.

Esta estampa no es España, aún. Sin embargo, puestos a reformar como hizo el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, hagámoslo a su tiempo.

Dudo, y quien lo deseé que me lance una piedra, que alguien deseé pasar por la experiencia de abortar. Para evitar ese caso  no hay que asustar, hay que enseñar. Hay que enseñar que existe el condón, que este se pone en el pene y en la vagina.  Hay que saber que hay métodos que es menos probable que se rompan y hay que hablar de sexo.

Estamos legislando en la vida sexual y reproductiva de la gente en un país donde la palabra pene, sexo o vagina siguen sacando una sonrisa de timidez. Legislar antes de concienciar por un lado a quien legisla de que los métodos anticonceptivos han de ser accesibles y a todos de que es mejor comprarlos con garantías que entre las patatas fritas y la gasolina toma un cariz desconcertante.

Ante la perspectiva, queda la pregunta de si, milagrosamente, por obra y gracia de la legislación desaparecerá lo que hoy hacen desaparecer de la ley. Por ahora enhorabuena charlantanes, enhorabuena usureros, enhorabuena especuladores del aborto clandestino tenéis un nuevo mercado: los úteros españoles.

Hoy me he dado cuenta de que para ser  presunto periodista no hace falta leer a Grijelmo y su manual (aunque digan que es imprescindible). También he sufrido que mi orgullo de defensor de aquello que decía Furio Colombo de que las noticias no deben ser  tormentosas (esas que vienen cuando hay una masacre y no tienen final, porque no dan follow en el Twitter) ha quedado pisoteado. Sin embargo, hoy me he dado cuenta de que para ser periodista (con rintintín y en minúscula) hay que leer a Ovidio, y que me perdone Ovidio por lo que voy a decir a continuación.

Es que en muchos casos, la tragedia griega estaría pletórica ante los presuntos periodistas que se limitan a contarte una tragedia de esas que provocaban la catarsis del público, que no contribuyen a su interés real, por cierto. Estas no noticias se caracterizan por su exceso de humanidad y su falta de datos. Además suelen ofrecer al lector una ración de ideología y tres cuartos de simplismo. Pero vamos, que lo importante es que así te hacen un retuit cada 2 minutos y de fijo que te hacen estandarte de algo.

Sin embargo, cuando esto se generaliza demasiado toca preguntarse ¿dónde queda la labor de servicio público? Y ahora es cuando servidor se prepara para los unfollows o para que lo llamen facha o rojo, ya ve usted va a haber repertorio. Hoy voy y me encuentro una batalla campal porque una señora en el ABC ha dicho que hay cientos de miles de estudiantes que seguro que usan la beca para ponerse tetas tomando como dato irrefutable una de la que le hablo una amiga. Con esto pretendía ilustrar que en ciertos casos los becados usamos la beca como papel higiénico. Es que claro un estudiante, y más si es de Periodismo, es la reencarnación de Rockefeller.

No le voy a negar señora mía, que no le faltaba razón en una cosa: hay personas que sí usan las becas para tocarse sus respectivas partes genitales (y subsidios, y ayudas, y hasta la comida que se dona en Cáritas). Hay personas que llegan un año a una carrera y se van con sus 6.000 euros calientes (otras se dan cuenta de que no es su vocación y se cambian, no lo metamos todo en el mismo saco). Hay otras con dinero suficiente como para usar la beca como un extra u otras que la usan para comprarse ropa y en un mes se ven sin un céntimo . Y entre todas estas también están quienes tienen en el frigorífico una lista de todos los supermercados para ahorrar el céntimo, pero de esos nadie habla y esos siempre han existido.

Sinceramente, me parecería interesantísimo que alguien me contase cómo se ha despilfarrado ese dinero o cuantas becas frustradas han habido, pero no en forma de tragedia y someramente. Me parece estupendo que se hable de que hay gente que no aprovecha las becas e incluso hay quienes están en una carrera por pasar el rato (¿resultado de una falta de orientación previa? Quién sabe y a quién le importa, ¿no?) y que se abra debate (pensar es bueno). Pero también hay otra cara, la de los que se están yendo forzadamente, y cómo contamos muchas veces estas historias. Pues con una historia tierna, de desesperación, casi abrasiva, donde el interés humano puede llegar a cegar el problema social.

Porque aunque suene fatal a mí lo personal, me afecta, me puede herir y despierta mi empatía; pero si no hay nada más solo veo una historia, pero hay más, mucho más que contar. Ya lo dice Pilar Diezhandino: “Las cifras son frías y las historias calientes”. Y nos hemos olvidado porque preferimos contar o dar por válida una historia lacrimógena (que insisto nos va a dar me gustas en Facebook a porillo a contar el porqué se produce).

Desgraciadamente, contando las historias así conseguimos polémica. Conseguimos convertir a personas en estandartes y cegamos el problema que se esconde. Porque puedes conseguir que suelte un “rojos de mierda, me han robado” como se lee por ahí. Seguramente puedas provocar que llame “hijo de puta al ministro de turno”, pero si no me cuentas que detrás de una historia hay un problema social, entonces estás haciendo una tragedia.

Y digo tragedia porque en cierto modo esas historias, despiertan esa empatía y ese alivio de saber que en estos momentos no estás tan mal. Provocan esa catarsis, provocan esos deseos de retorcer algún cuello o de ir sacando implantes de silicona. Sin embargo, esas historias no suelen dar respuesta a un problema. Y me equivocaré para muchos, y otros hablarán de que soy un desalmado, pero a mí dame una relación de alternativas a la beca pública junto a esa historia, que las hay (porque hay gente que aunque pueda pagarse una carrera no puede afrontar una formación complementaria, no puede hacer un Erasmus o aprender idiomas ahora que nos toca coger la maleta).

A mí háblame de los fundamentos que garantizan la educación y cuales están siendo vulnerados. También te leeré con gusto que me hables de los precios de algunas privadas que equivalen a tres años de salario de nuestros padres, al menos del mío.  Cuéntame otras alternativas al sistema de beca para evitar “que me pongan tetas o que deje la carrera entre lágrimas”, abre el debate y da voz a nuevas alternativas (manda a tomar por saco el teletipo y coge el teléfono). Pero, por favor, no me hagas llorar, porque estudiando Periodismo, con las noticias de EREs y ejemplos así, ya tengo motivos.

Por todo esto, hoy más que nunca debemos revisar si queremos escribir tragedias (entonces te has equivocado de carrera y más si lo haces en un medio nacional) o si quieres prestar un servicio público, hacer periodismo, entonces avísame que te lea.

Dejamos atrás 2012. Un año en el cual hemos tenido más malas que buenas noticias. Un año en el que a casi todos nos ha tocado la crisis, a muchos de nosotros solo nos tocó la crisis, ya que las vacas gordas solo las vimos en tierras vecinas. Ahora que hemos culminado un año de alegrías y lágrimas, lo comenzamos con las últimas.

 

No hablo de las lágrimas que muchos hemos tenido que derramar al ver cómo los motores de nuestra economía se paralizaban, y cómo dejaban paralizados a seres muy cercanos a nosotros. Les hablo de unas lágrimas que no sé si llegaron a salir de los ojos de su portadora, les hablo de las lágrimas de la vicepresidenta, de Soraya Sáenz de Santamaría Antón. Un aviso, antes de que sigan leyendo: si lo que les interesan son gritos rabiosos sobre si actuaba o no, dejen de leer.

 

Si nos centramos en las lágrimas en exclusiva nos estamos equivocando de camino. Esas lágrimas no van a resucitar a aquellas personas que no han deseado continuar creyendo en la solidaridad de España, a la que aludió la vicepresidenta. Esas lágrimas no van a secar a aquellas que ya han sido derramadas, al ver cómo seres queridos desaparecían en esos ciclos que hacen que nuestras vidas se tambaleen: los económicos.Esas lágrimas no sé, ni sé si quiero saber, qué son.

 

Lo que sí que quiero saber es qué va a pasar con las familias que tienen un niño mayor de 3 años, esos que como ella dijo lo padecen sin ser culpables; a las cuales no acoge la medida que presentaba Sáenz de Santamaría, según dijo ella misma. Lo que quiero saber es qué va a pasar con los hogares que se han convertido en reinos silenciosos de la ninfa Eco. Lo que quiero saber, si es que se puede saber, es si de verdad cree que España puede salir adelante; si cuando la deuda diga de ser cobrada vamos a poder responder a lo que pedimos. Lo que quiero saber no es si Soraya Sáenz de Santamaría tiene lágrimas o es una gran actriz.

 

Me intriga saber si hay consciencia de que hay más cosas en crisis. La fe en el Estado español que casi todos levantaron hace ya años. Esa ruta democrática marcada por el sendero de D´Hondt. ¿Qué pensarán aquellos que hoy sufren la crisis, sin saber escribir prima de riesgo cuando sean mayores? ¿Qué recordarán de España? ¿Seremos nosotros, los de los noventa y los ochenta, los primos que viven en el extranjero, los que se fueron a ganarse la vida? Sinceramente, me dan ganas de llorar por la incertidumbre. Me dan ganas de preguntar: ¿España, qué va a ser de ti? Porque creo, y tal vez solo sea yo, que lo que hace falta son respuestas, hechos, garantías. Coincido con la vicepresidenta en que todo eso lo tenemos que hacer juntos; pero eso, juntos e informados; desde nuestra labor, asumiendo nuestra responsabilidad y creyendo en lo que hacemos, creyendo en el país que conformamos, creyendo en nosotros.

Los martes a las diez venía la maestra, una mujer callada, de esas que cuando hablan las moscas callan para aprehender . Venía, abría un libro, que tenía forrado con papel de flores, y comenzaba la explicación. Comenzaba la hora de cono, la hora del libro de cono,  de Conocimiento del Medio. Esa asignatura, que a mí personalmente me encantaba, donde te descubrían de todo un poco. Era un repaso a lo más obvio y desconocido a la par; te dabas cuenta de que el agua no hervía porque sí, e incluso hablaban de unos señores en Madrid a los que elegiríamos votando, pero para eso faltaba mucho. Quién me iba a decir que tal vez debamos decirle adiós a ese libro y a la asignatura. Todo esto por cortesía de la nueva reforma educativa, sí, otra más, a la que llaman LOMCE.

No me tomen, queridos lectores, por un nostálgico, que en parte sí lo soy,o por un enemigo del cambio; eso ya no. Ya acuñó ese hombre, que sale en las botellas de Anís El Mono, un término : “evolución”; y ya lo hizo Unamuno más poético con su sentencia: “Renovarse o morir”. Y razón que tenían, nuestro medio ha evolucionado, se ha hecho diferente y las asignaturas, las instituciones, etc. deben ir renovándose y superándose, para estar acorde con estos tiempos en los que mi querida maestra ya está jubilada y mi libro de cono en el altillo.

Cuando pasé del colegio al instituto, mi única preocupación era que tenía que madrugar y estudiar más; sí,  además de nostálgico, soy de los que disfrutan de esos cinco minutos más antes de levantarse. Ahora les tocará comenzar a pensar en el futuro, en el itinerario y ver, con la sombra del siguiente examen para pasar a Bachiller presente, antes que la de la barba; qué rumbo tomar. Y viendo todo lo que se exige que piensen me pregunto si es que tenemos unas generaciones venideras terriblemente maduras o es que los propulsores de esta ley no han pensado mucho en cuando ellos pasaron por las aulas, o no han preguntado demasiado a los que están en ellas.

No sé, tampoco me hagan mucho caso, pero creo que se han olvidado problemas más importantes que la preparación de trabajadores eficientes. No recuerdo haber oído hablar de tomar cartas en el acoso escolar, esa práctica que convierte las aulas en infiernos. Tampoco de la formación de ciudadanos, ¿dónde queda la ética, la filosofía, la literatura? ¿La pisoteamos en pos de las matemáticas? Recuerden: saber calcular no es saber administrarse, ni ahorrar. Pero espero que, al menos, sean matemáticas creativas, resolución de problemas y lógica. Porque la perspectiva de ver que las clases en las que yo disfrutaba de esas explicaciones de cono, de esa profesora, que chistaba con una sonrisa y las gafas en la punta de la nariz , se sustituya por horas de frío cálculo, me entristece y me preocupa. Quiero creer en que la educación debe formar algo más que personal cualificado; en que puede formar ciudadanos; en que en ésta no se olvide que la racionalidad no se limita al calcular, que la mente es el único garante de nuestra humanidad. Necesito creer que las generaciones venideras podrán sonreír, como lo hago yo ahora, al recordar sus libros de cono, o de lo que sean, y a quienes se los enseñaron.

14-N, una nueva cita para los clamores indignados, para suspiros desesperados, para destellos de esperanza y para intereses que se alejan de lo que pone en las pancartas, pero no se disimulan en la mirada. Una concatenación de intereses que marchan por el asfalto de buena parte del país. Se puede hablar de las cifras que patronal y sindicatos muestran, de la diferencia abismal entre estas, de los heridos, de las decenas de detenidos o de la diferencia entre manifestantes y huelguistas. Pero todo esto ya lo harán en otros espacios, se repetirá, se expondrá según la línea editorial. Quiero ir un paso para atrás o para adentro, depende de cómo se mire, me interesa reflexionar sobre los derechos a huelga y a manifestación, en sí.

¿Derecho o deber? La huelga es un derecho, en ningún caso se puede imponer. ¿Derecho o privilegio? En teoría es un derecho, en la práctica para demasiados es un privilegio. Retornando a la primera cuestión, me surge otra: si es un derecho, ¿por qué aparecen espectáculos como el acontecido frente a un local de Madrid, donde una turba ha increpado a la propietaria del local para que cerrase. ¿Cómo se llenan las bocas de derechos, de libertad, si luego por las mismas salen rugidos rabiosos, contra lo que proclaman? Tal vez, antes de increpar se deba reflexionar. Reflexionar sobre qué hace que no todo el mundo pueda ejercer ese derecho. Por un lado, hay personas con una ideología contraria, que respeta pero no comparte la huelga y merecen el mismo trato, respeto. Por otro lado, hay gente a la que la necesidad de llegar a fin de mes le restringe esos derechos; porque nosotros somos los que poseemos los derechos, pero hay ocasiones en las que las circunstancias nos hacen tener que relegarlos en pos de las necesidades. ¿Qué culpa tiene una persona de no llegar a fin de mes o de que su puesto de trabajo penda de un hilo?

¿Derecho o riesgo? Las últimas movilizaciones nos han mostrado que existe un riesgo tanto físico como ideológico. ¿Derecho o propósito de enmienda? La presencia del partido que anteriormente gobernaba, de otros partidos opositores y de movimientos sindicales parece ser un intento de propósito de enmienda por errores pasados. Porque ya hemos visto cómo los antidisturbios cargan, cómo las respuestas a las porras de estos vuelan y cómo por éstas cualquiera puede salir herido. Porque una manifestación es una lluvia de ideas, de banderas y a veces nos puede hacer perdernos en ese maremágnum, en el caos, en la falta de unión, en esa asignatura pendiente de las manifestaciones españolas; donde une un sentimiento, pero separan intereses. Tal vez convenga reflexionar sobre esto. También convendría que los políticos que hoy laureaban a los piquetes, los que se apropiaban de la manifestación, los que se hacían líderes y compañeros no se limitasen a los amagos, a los intentos de parecer simpáticos, humanos y cercanos y ocupasen su lugar. Su lugar es batallar, su batalla no se resuelve en la calle, en la calle está su aliento, está su jefe, el pueblo español. Por eso, queridos y excelentes señores que han ido animar, tomen las ideas, conózcanlas y no las retroalimenten; luchen por ellas. No se ciñan a hacer propósitos de enmienda, asuman sus fallos y enmiéndenlos desde el Congreso, desde el lugar en el que las voces que hoy gritan, callan o se ven amordazadas por las circunstancias les han puesto, actúen y no olviden lo que han escuchado, ni permitan que se obvie.

Esta semana hemos sido testigos del precio que una simple fiesta importada de Norteamérica puede tener. Hemos visto cómo la falta de organización y de seguridad y el descontrol pueden cobrarse, y se han cobrado, la vida de cuatro personas. Un tema alarmante y que provoca un nudo en la garganta. Un nudo que, al menos en mi caso, se convierte en una arcada cuando se ve el tratamiento que recibe por parte de ciertos, por no decir demasiados, medios de información.

A expensas de esta tragedia, esos medios, demasiados medios, han sacado a colación detalles de la esfera privada de las jóvenes difuntas. No bastaba con informar, por activa y por pasiva, de que habían muerto aplastadas, con contactar con expertos para que explicaran cómo habían muerto. No, esto no era suficiente. Hacía falta adentrarse en la vida privada de esas chicas, sacar a relucir relaciones, expedientes y genealogía, hacía falta ahondar en la herida, ¿hacía falta?

Habrá quienes defiendan a capa y espada este periodismo. Habrá quienes hablen de que esto es necesario para generar empatía, que en caso contrario la gente permanecerá pasiva, que la información es fría y los sucesos calientes. Yo soy de los que creen, estúpido de mí tal vez, que la información es fría, sí; que una historia o un suceso puede hacerla más comprensible al lector, pero que este suceso no debe suplir a la información. Porque la información ha de tener una utilidad para nuestro lector, y relatar una muerte, ahondar en una vida defenestrada por una desgracia y vapulear el derecho a la intimidad que todo ser preserva y más en las circunstancias de su muerte, no creo que tenga esa utilidad.

No comprendo la utilidad que tiene generar a expensas de un caso de esta magnitud un circo mediático. Convertir la esfera privada de la persona, que ha fallecido en un lugar o por unas circunstancias públicas, en la de un personaje notorio, suponiendo el equipararla a la de alguien que ha vendido su intimidad; cuando lo que ha hecho es morir y lo que ha hecho durante su vida, hoy truncada, ha sido vivir como tantas otras personas. Y cuando esto sucede, lo peor es que el motivo por el que se ha perdido a esas chicas se diluye entre las circunstancias. Se mezcla el juicio mediático con el juicio legal: llegándolo a entorpecer. Llegando a perturbar la supremacía de la ley, con los gritos orquestados. Porque entre los ya frecuentes mítines populistas que usan la desgracia para ganar votos, se ve algo más triste aún. Se es testigo de cómo se utilizan las desgracias, el morbo y el desgarro de una familia para hacer negocio. Y eso, digan lo que digan, lo denominen como lo denominen, no es periodismo. Eso es una nueva parafilia que creo que solo se puede denominar como necrofilia periodística.

Un emperador, un concejal, un actor porno y el resto del elenco que forman la operación emperador han sido la gran noticia de estos días. Una historia de sexo y dinero manchado, mucho dinero; una historia de esas que dan juego en los titulares. La desarticulación de esta trama ha sido una gran noticia, un motivo para reconocer el esfuerzo de nuestras fuerzas de seguridad. Sin embargo, en este éxtasis patriótico no me paré a pensar en la cara B: la generalización. Hablando con un amigo chino caí en este suceso; la extrapolación del caso de aquel “Emperador” a la comunidad china residente en España. Esa comunidad que ciertos personajes relevantes ponen como ejemplo de superación; esos comerciantes chinos que trabajan como lo hacían las tiendas de antaño en España, como si fueran boticas. Esos comerciantes a los que se acusa de competencia desleal. Esas personas que provienen de un país donde el trabajo está infravalorado, donde se trabaja “a destajo”, como decimos por estas tierras. Unas personas que no es que no cumplan sus deberes, es que, tal vez, no conocen sus derechos.

Porque eso de no conocer nuestros derechos no es exclusivo de aquellos que no nacieron en nuestro país. Este fin de semana hemos sido testigos de cómo miles de gallegos y vascos vapuleaban su derecho a voto. Desidia, tedio, descreimiento, falta de esperanza o váyase usted a saber qué se le pasó por la cabeza a esas gentes para dejar que su voz se convirtiera en una abstención. La verdad, que no sé qué me da más miedo, si el emperador o el imperio de la abulia. Seguramente esas miles de personas que no han votado no facturen tanto como ese señor que ha salido en portada, tal vez si rebuscamos en su vida la única relación con un actor porno se encuentre en su buscador, si no conocen la búsqueda privada; tal vez sea menos llamativo, pero es terriblemente alarmante. Estamos desperdiciando el derecho a ser representados y a no dejar nuestra voz muda de forma involuntaria. Nos compadecemos y nos horrorizamos por lo que se nos muestra y no nos damos cuenta de que nuestros actos labran nuestro destino.

Por ello, tal vez no esté de más pensar antes de juzgar. Tal vez, antes de dejarnos llevar por las cifras de ceros infinitos debamos pensar en que un personaje público, hablo del concejal, no del actor porno; ha estado implicado en esta trama. Tal vez, no sea ningún sacrilegio que asumamos que es la desidia la que hace el camino fácil a estas operaciones. Que es nuestra necesidad de buscar porqués y cabezas de turco la que nos hace pensar que una detención es el fin. Tal vez, antes de lanzar una puya contra los inmigrantes, debamos usar eso que tan poco de moda está, eso que se llamaba autocrítica. Por eso,tal vez, antes de fijarnos en el morbo, debamos fijarnos en los inmensos problemas que están detrás de casos de esta índole. Porque tal vez, por algún motivo inimaginable, debamos pensar en qué hacemos con nuestros derechos, cómo cumplimos nuestros deberes y por qué hay gente que no los tiene en nuestro país. Tal vez reflexionar sea mejor que juzgar, encasillar y enjuiciar.

 

Entre recorte y reforma resuena una reivindicación. España se está convirtiendo progresivamente en uno de los países donde los ciudadanos externalizan más su frustración. La imagen que se tiene del manifestante está totalmente caricaturizada. En estos tiempos hay manifestantes de todos los tipos, reivindicando diversas ideas y luchando por infinidad de causas.

Una manifestación no es la confrontación con la policía; no son solo gritos y pancartas; es en buena parte de los casos una llamada de atención sobre un tema de imperiosa necesidad. Lo curioso y a veces confuso es que ciudades como Madrid se han convertido en el “manifestódromo” de Europa. Llega un punto en el que no sabes ni en qué masa te has metido. El domingo fluían por la capital española una manifestación contra los recortes y una en pos del aborto cero. Perfiles opuestos pero una misma forma de actuar.

El gran problema es que los manifiestos suelen ser papel mojado y pisado por los manifestantes. No es extraño ir a una manifestación, sea de lo que sea, en la que el cielo se inunda de globitos corporativos. Tampoco extraña hablar con una manifestante que defiende el aborto cero y otra que pide un poco más de control. Del mismo modo puedes escuchar gritos a favor de la república, mientras otro grita por la liberación de la mujer y el del fondo mueve de forma vibrante un estandarte antitaurino.

La pluralidad está genial. El problema de esta en las manifestaciones surge cuando no se sabe lo que se defiende. Si solo se grita de forma incontrolada, si las voces son un zumbido que no es escuchado, no se consigue nada. Tal vez sea por nuestra falta de tradición en eso de meternos en asuntos políticos. Por lo que sea en España se suele gritar o ensordecer, antes de dialogar.

Tal vez más dialogo y menos imposición. Señores, la manifestación debe buscar la apertura de un debate social, no imponer un modelo social. Por eso, cuando los gritos de España evolucionen hacia el diálogo y de este al grito común, pausado y sonoro, se podrá actuar; se podrá protestar.

 

El 25 de septiembre comenzaba con rumores. Por un lado, unos hablaban de movimientos radicales tomando Madrid; otros de unas defensas megalíticas alrededor del Congreso; otros hablaban de que todo este tema al final iba a ser un sueño de Resines. Diversidad de rumores que han concluido en una palabra: fracaso. Fracaso porque el éxito de una manifestación no es solo el número de asistentes, es la apertura de un debate social sobre la reivindicación que se defiende. Fracaso, porque los golpes han tenido más relevancia que las ideas.

 Por supuesto, habrá quienes consideren al 25-S como un éxito, un intento de golpe de Estado, una mera reunión de perroflautas o una muestra de fascismo. Mi opinión es  que el 25-S ha sido un gran fracaso. Tampoco puedo afirmar qué habría sido un éxito en el 25-S; ya que las miles de personas que han asistido no han firmado unos objetivos. Cada cual ha ido por un motivo de indignación o de promoción. Banderas y pancartas que ondeaban entre los gritos de los que reivindicaban son pruebas de ello.

 Ha fracasado la protesta pacífica. De esto son testigos y pruebas los más de 60 heridos. De entre ellos cuatro policías y un manifestante con una lesión medular, según informaba el SAMUR. Podemos demonizar a cualquiera de los dos bandos, culpar a quién nos parezca más deleznable, pero la realidad es que esta noche, esas personas, porque al fin y al cabo son personas con nombre, apellidos y familia, estarán en el hospital.

 Ha fracasado el mensaje. La policía nacional debe transmitir un mensaje de seguridad; en este caso ha sido al revés. Ver a un policía lanzado pelotas de goma desde un andén al otro; la imagen de Atocha convertida en un frente, es de todo menos tranquilizadora. Ver del mismo modo como una iniciativa pacífica se llena de mensajes generalizadores, de oportunistas convertidos en portavoces y como las voces coherentes, los gritos de ayuda se pierden entre provocaciones y discursos prefabricados. Es un fracaso en tiempos de democracia que el titular sean los golpes y no las ideas.

 Ha fracasado la marca España. La misma por la que el rey y el presidente, Mariano Rajoy, viajaron a EEUU. La misma que ha sido defenestrada internacionalmente, con imágenes de confrontaciones, agresiones y demás espectáculos repulsivos. España ha ocupado titulares que llevan como componentes: golpes, batalla, enfrentamientos, rebelión, garrotazos, etc. Teniendo en cuenta el peso del turismo en este país, ha sido un gran revés esta imagen, este fracaso, este espectáculo kafkiano que pocos esperábamos.

 Lo que espero que no fracase es nuestro país. Espero que la intransigencia no venza al diálogo. Espero que el orgullo y el miedo no venzan a la necesidad de información y de claridad. Espero que el miedo nunca venza a la razón. Espero que las mentes cerradas, a diestra o siniestra, no acaben con los denominadores comunes que comparte nuestro país. Espero que el fracaso no llegue nunca a este proyecto común, a este país nominalmente llamado España; pero que formamos más de 47 millones de personas, nunca nos olvidemos. España no tiene dueño, tiene ciudadanos con los derechos y deberes que esto acarrea. 

Buena parte de la información política parece haberse cimentado sobre un grosso, desinformado y doliente de abulia, y sobre una élite, informada, escéptica y en ocasiones terriblemente pragmática. Los medios han elegido su nicho social por ideologías; la retroalimentación se ha convertido en un negocio. Un negocio que no es muy rentable para la empresa periodística. Mientras que cada cual defiende a su sector, mientras que el periodista se asfixia por las ligaduras impuestas por el publicista; el ciudadano del grosso desinformado anda perdido, siente pánico por esos periódicos ininteligibles para él; se deja llevar por los titulares incendiarios y populistas o simplemente anda demasiado ocupado en su desidia y en su supervivencia, para ver que lo que sucede más allá de su hipoteca puede ser crucial para él. Paralelamente, surgen aquellos que convierten el periodismo en clases magistrales, para que la élite goce o para que se enfurezca, pero ese periodismo no está al alcance de muchos por escasez de bagaje, tiempo o costumbre, en ocasiones ni tan siquiera al alcance comprensivo de aquellos que lo citan.

De este modo, la política llega a presentarse como un mundo paralelo, cuyas consecuencias y cuyo precio pagamos todos. Estos ciudadanos que continúan su vida, dejando que los de arriba hagan su labor, se van distanciando más y más de la política ¿Qué puedo aportar? ¡Eso no es cosa mía, que se encarguen ellos! repiten algunos; al hacerlo la sociedad está olvidando, eso los que algún día tuvieron conciencia política, que estamos en un sistema representativo, donde cada voto cuenta. De este modo, el ciudadano basa en impresiones primarias la labor de un gobierno, las medidas se juzgan por sus resultados de hoy, para bien o para mal y los escándalos, las malversaciones se convierten en temas de tertulias indignadas y en pretextos para generalizar a los políticos. Conversaciones que desembocan en la más amarga desidia, en el sentir común de que el ciudadano es víctima de aquellos a los que ha elegido, o como en el caso de la mayoría de la población española, en la cual la abstención gana las elecciones frecuentemente, de aquellos a los que no ha elegido.

A la vista de esta desidia, que aumenta alarmantemente, deberíamos preguntarnos sobre el futuro de nuestro sistema y sobre la información que de él recibimos. En el momento en el que aumente el número de individuos que vean inútil su opinión o su voz sobre el sistema, este perderá su esencia, será ejecutado. Si la esencia del sistema es la representación y cada vez hay menos representados; acabamos en un sistema donde una minoría es la que elige y una minoría más minoritaria y progresivamente menos representativa y plural es la que gobierna. Ante esto se abren dos caminos: o bien abandonamos a ese grosso desinformado hasta que la demagogia dé las armas y las falacias necesarias para arrasar el sueño democrático, o nos bajamos todos del pedestal, el periodismo recuerda y demuestra que su deber, una necesidad social, es informar de forma clara, concisa y directa, no aleccionar o sentenciar y nos ponemos manos a la obra para que de forma progresiva el ciudadano que ha sido víctima de las políticas recuerde que es parte de ese sistema y qué tiene que aportar, si le dejan. En definitiva ante la tesitura actual el ciudadano se siente víctima de la política. Manteniendo la misma línea podría llegar el momento en el que sea verdugo de la misma y entonces…mejor no pensar en entonces y actuar hoy.

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