Los martes a las diez venía la maestra, una mujer callada, de esas que cuando hablan las moscas callan para aprehender . Venía, abría un libro, que tenía forrado con papel de flores, y comenzaba la explicación. Comenzaba la hora de cono, la hora del libro de cono,  de Conocimiento del Medio. Esa asignatura, que a mí personalmente me encantaba, donde te descubrían de todo un poco. Era un repaso a lo más obvio y desconocido a la par; te dabas cuenta de que el agua no hervía porque sí, e incluso hablaban de unos señores en Madrid a los que elegiríamos votando, pero para eso faltaba mucho. Quién me iba a decir que tal vez debamos decirle adiós a ese libro y a la asignatura. Todo esto por cortesía de la nueva reforma educativa, sí, otra más, a la que llaman LOMCE.

No me tomen, queridos lectores, por un nostálgico, que en parte sí lo soy,o por un enemigo del cambio; eso ya no. Ya acuñó ese hombre, que sale en las botellas de Anís El Mono, un término : “evolución”; y ya lo hizo Unamuno más poético con su sentencia: “Renovarse o morir”. Y razón que tenían, nuestro medio ha evolucionado, se ha hecho diferente y las asignaturas, las instituciones, etc. deben ir renovándose y superándose, para estar acorde con estos tiempos en los que mi querida maestra ya está jubilada y mi libro de cono en el altillo.

Cuando pasé del colegio al instituto, mi única preocupación era que tenía que madrugar y estudiar más; sí,  además de nostálgico, soy de los que disfrutan de esos cinco minutos más antes de levantarse. Ahora les tocará comenzar a pensar en el futuro, en el itinerario y ver, con la sombra del siguiente examen para pasar a Bachiller presente, antes que la de la barba; qué rumbo tomar. Y viendo todo lo que se exige que piensen me pregunto si es que tenemos unas generaciones venideras terriblemente maduras o es que los propulsores de esta ley no han pensado mucho en cuando ellos pasaron por las aulas, o no han preguntado demasiado a los que están en ellas.

No sé, tampoco me hagan mucho caso, pero creo que se han olvidado problemas más importantes que la preparación de trabajadores eficientes. No recuerdo haber oído hablar de tomar cartas en el acoso escolar, esa práctica que convierte las aulas en infiernos. Tampoco de la formación de ciudadanos, ¿dónde queda la ética, la filosofía, la literatura? ¿La pisoteamos en pos de las matemáticas? Recuerden: saber calcular no es saber administrarse, ni ahorrar. Pero espero que, al menos, sean matemáticas creativas, resolución de problemas y lógica. Porque la perspectiva de ver que las clases en las que yo disfrutaba de esas explicaciones de cono, de esa profesora, que chistaba con una sonrisa y las gafas en la punta de la nariz , se sustituya por horas de frío cálculo, me entristece y me preocupa. Quiero creer en que la educación debe formar algo más que personal cualificado; en que puede formar ciudadanos; en que en ésta no se olvide que la racionalidad no se limita al calcular, que la mente es el único garante de nuestra humanidad. Necesito creer que las generaciones venideras podrán sonreír, como lo hago yo ahora, al recordar sus libros de cono, o de lo que sean, y a quienes se los enseñaron.

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El Buen Fin celebra su segunda edición tras conocer el aumento de los homicidios dolosos en México, según el informe del Observatorio Nacional Ciudadano

 

El Buen Fin, también denominado la fiesta de las compras, es un fin de semana en el que miles de empresas mexicanas ofrecen los mejores descuentos del año. Esta medida, que comenzó en 2011, celebra su segunda edición con el apoyo del gobierno de Felipe Calderón. Con esta celebración, el gobierno de Calderón y 220.000 empresas apuestan nuevamente por aumentar el consumo privado con descuentos,que se sitúan desde el 10% hasta el 80%, desde el 16 al 19 de noviembre. Este evento es equiparado con el Black Friday, es decir, es una celebración al más puro estilo American Way of Life .

El presidente de México, Felipe Calderón, ofreció  un discurso previo a El Buen Fin. En este celebraba los resultados de este evento en 2011 y explicaba las medidas de apoyo que el gobierno tomará en pos de la celebración. En la intervención, el mexicano hablaba con optimismo de los datos de empleo en el país y afirmaba que a pesar de la crisis internacional, México salía adelante.

Desde el gobierno federal se ha puesto en marcha el adelanto del 40% de la paga extraordinaria de Navidad o aguinaldo a los funcionarios. También desde el Infonacot, institución financiera oficial que impulsa el consumo privado mediante créditos, se reducirá el interés de los créditos en efectivo un 15%. Otra medida será la reducción de entre el 10% al 15% en el interés de las tarjetas de la institución.

El adelanto sustancial del aguinaldo navideño que el presidente Calderón anunció es la oportunidad para que los mexicanos adelanten sus compras navideñas, como dijo él. Sin embargo, desde diversos sindicatos, entre los que destaca el de profesores, han anunciado que no han recibido ningún adelanto. Por esto, el profesorado mexicano, entre otros, no podrá seguir el consejo de su presidente.

Esta celebración tiene la esperanza de superar los 106.000 millones de pesos (8.358.526 euros) que se recaudaron en 2011. La campaña de 2011 supuso un aumento del 40% en la facturación por uso de tarjetas de crédito para los dos grandes bancos. También, dio lugar a la petición de 32.000 créditos. En esta edición, se esperan 2.000 millones de pesos (119.408 euros)  de recaudación solo en concepto de IVA (Impuesto al Valor Agregado).

Las prometedoras cifras que parece desprender El Buen Fin parecen eclipsar otro dato. Hace apenas unos días, el Observatorio Nacional Ciudadano afirmó que el homicidio doloso en México continuaba su ascenso en este sexenio. Concluyendo, en estos días se celebra un buen fin de semana de consumo, pero bajo la sombra de un pésimo dato.

14-N, una nueva cita para los clamores indignados, para suspiros desesperados, para destellos de esperanza y para intereses que se alejan de lo que pone en las pancartas, pero no se disimulan en la mirada. Una concatenación de intereses que marchan por el asfalto de buena parte del país. Se puede hablar de las cifras que patronal y sindicatos muestran, de la diferencia abismal entre estas, de los heridos, de las decenas de detenidos o de la diferencia entre manifestantes y huelguistas. Pero todo esto ya lo harán en otros espacios, se repetirá, se expondrá según la línea editorial. Quiero ir un paso para atrás o para adentro, depende de cómo se mire, me interesa reflexionar sobre los derechos a huelga y a manifestación, en sí.

¿Derecho o deber? La huelga es un derecho, en ningún caso se puede imponer. ¿Derecho o privilegio? En teoría es un derecho, en la práctica para demasiados es un privilegio. Retornando a la primera cuestión, me surge otra: si es un derecho, ¿por qué aparecen espectáculos como el acontecido frente a un local de Madrid, donde una turba ha increpado a la propietaria del local para que cerrase. ¿Cómo se llenan las bocas de derechos, de libertad, si luego por las mismas salen rugidos rabiosos, contra lo que proclaman? Tal vez, antes de increpar se deba reflexionar. Reflexionar sobre qué hace que no todo el mundo pueda ejercer ese derecho. Por un lado, hay personas con una ideología contraria, que respeta pero no comparte la huelga y merecen el mismo trato, respeto. Por otro lado, hay gente a la que la necesidad de llegar a fin de mes le restringe esos derechos; porque nosotros somos los que poseemos los derechos, pero hay ocasiones en las que las circunstancias nos hacen tener que relegarlos en pos de las necesidades. ¿Qué culpa tiene una persona de no llegar a fin de mes o de que su puesto de trabajo penda de un hilo?

¿Derecho o riesgo? Las últimas movilizaciones nos han mostrado que existe un riesgo tanto físico como ideológico. ¿Derecho o propósito de enmienda? La presencia del partido que anteriormente gobernaba, de otros partidos opositores y de movimientos sindicales parece ser un intento de propósito de enmienda por errores pasados. Porque ya hemos visto cómo los antidisturbios cargan, cómo las respuestas a las porras de estos vuelan y cómo por éstas cualquiera puede salir herido. Porque una manifestación es una lluvia de ideas, de banderas y a veces nos puede hacer perdernos en ese maremágnum, en el caos, en la falta de unión, en esa asignatura pendiente de las manifestaciones españolas; donde une un sentimiento, pero separan intereses. Tal vez convenga reflexionar sobre esto. También convendría que los políticos que hoy laureaban a los piquetes, los que se apropiaban de la manifestación, los que se hacían líderes y compañeros no se limitasen a los amagos, a los intentos de parecer simpáticos, humanos y cercanos y ocupasen su lugar. Su lugar es batallar, su batalla no se resuelve en la calle, en la calle está su aliento, está su jefe, el pueblo español. Por eso, queridos y excelentes señores que han ido animar, tomen las ideas, conózcanlas y no las retroalimenten; luchen por ellas. No se ciñan a hacer propósitos de enmienda, asuman sus fallos y enmiéndenlos desde el Congreso, desde el lugar en el que las voces que hoy gritan, callan o se ven amordazadas por las circunstancias les han puesto, actúen y no olviden lo que han escuchado, ni permitan que se obvie.

Esta semana hemos sido testigos del precio que una simple fiesta importada de Norteamérica puede tener. Hemos visto cómo la falta de organización y de seguridad y el descontrol pueden cobrarse, y se han cobrado, la vida de cuatro personas. Un tema alarmante y que provoca un nudo en la garganta. Un nudo que, al menos en mi caso, se convierte en una arcada cuando se ve el tratamiento que recibe por parte de ciertos, por no decir demasiados, medios de información.

A expensas de esta tragedia, esos medios, demasiados medios, han sacado a colación detalles de la esfera privada de las jóvenes difuntas. No bastaba con informar, por activa y por pasiva, de que habían muerto aplastadas, con contactar con expertos para que explicaran cómo habían muerto. No, esto no era suficiente. Hacía falta adentrarse en la vida privada de esas chicas, sacar a relucir relaciones, expedientes y genealogía, hacía falta ahondar en la herida, ¿hacía falta?

Habrá quienes defiendan a capa y espada este periodismo. Habrá quienes hablen de que esto es necesario para generar empatía, que en caso contrario la gente permanecerá pasiva, que la información es fría y los sucesos calientes. Yo soy de los que creen, estúpido de mí tal vez, que la información es fría, sí; que una historia o un suceso puede hacerla más comprensible al lector, pero que este suceso no debe suplir a la información. Porque la información ha de tener una utilidad para nuestro lector, y relatar una muerte, ahondar en una vida defenestrada por una desgracia y vapulear el derecho a la intimidad que todo ser preserva y más en las circunstancias de su muerte, no creo que tenga esa utilidad.

No comprendo la utilidad que tiene generar a expensas de un caso de esta magnitud un circo mediático. Convertir la esfera privada de la persona, que ha fallecido en un lugar o por unas circunstancias públicas, en la de un personaje notorio, suponiendo el equipararla a la de alguien que ha vendido su intimidad; cuando lo que ha hecho es morir y lo que ha hecho durante su vida, hoy truncada, ha sido vivir como tantas otras personas. Y cuando esto sucede, lo peor es que el motivo por el que se ha perdido a esas chicas se diluye entre las circunstancias. Se mezcla el juicio mediático con el juicio legal: llegándolo a entorpecer. Llegando a perturbar la supremacía de la ley, con los gritos orquestados. Porque entre los ya frecuentes mítines populistas que usan la desgracia para ganar votos, se ve algo más triste aún. Se es testigo de cómo se utilizan las desgracias, el morbo y el desgarro de una familia para hacer negocio. Y eso, digan lo que digan, lo denominen como lo denominen, no es periodismo. Eso es una nueva parafilia que creo que solo se puede denominar como necrofilia periodística.

Un emperador, un concejal, un actor porno y el resto del elenco que forman la operación emperador han sido la gran noticia de estos días. Una historia de sexo y dinero manchado, mucho dinero; una historia de esas que dan juego en los titulares. La desarticulación de esta trama ha sido una gran noticia, un motivo para reconocer el esfuerzo de nuestras fuerzas de seguridad. Sin embargo, en este éxtasis patriótico no me paré a pensar en la cara B: la generalización. Hablando con un amigo chino caí en este suceso; la extrapolación del caso de aquel “Emperador” a la comunidad china residente en España. Esa comunidad que ciertos personajes relevantes ponen como ejemplo de superación; esos comerciantes chinos que trabajan como lo hacían las tiendas de antaño en España, como si fueran boticas. Esos comerciantes a los que se acusa de competencia desleal. Esas personas que provienen de un país donde el trabajo está infravalorado, donde se trabaja “a destajo”, como decimos por estas tierras. Unas personas que no es que no cumplan sus deberes, es que, tal vez, no conocen sus derechos.

Porque eso de no conocer nuestros derechos no es exclusivo de aquellos que no nacieron en nuestro país. Este fin de semana hemos sido testigos de cómo miles de gallegos y vascos vapuleaban su derecho a voto. Desidia, tedio, descreimiento, falta de esperanza o váyase usted a saber qué se le pasó por la cabeza a esas gentes para dejar que su voz se convirtiera en una abstención. La verdad, que no sé qué me da más miedo, si el emperador o el imperio de la abulia. Seguramente esas miles de personas que no han votado no facturen tanto como ese señor que ha salido en portada, tal vez si rebuscamos en su vida la única relación con un actor porno se encuentre en su buscador, si no conocen la búsqueda privada; tal vez sea menos llamativo, pero es terriblemente alarmante. Estamos desperdiciando el derecho a ser representados y a no dejar nuestra voz muda de forma involuntaria. Nos compadecemos y nos horrorizamos por lo que se nos muestra y no nos damos cuenta de que nuestros actos labran nuestro destino.

Por ello, tal vez no esté de más pensar antes de juzgar. Tal vez, antes de dejarnos llevar por las cifras de ceros infinitos debamos pensar en que un personaje público, hablo del concejal, no del actor porno; ha estado implicado en esta trama. Tal vez, no sea ningún sacrilegio que asumamos que es la desidia la que hace el camino fácil a estas operaciones. Que es nuestra necesidad de buscar porqués y cabezas de turco la que nos hace pensar que una detención es el fin. Tal vez, antes de lanzar una puya contra los inmigrantes, debamos usar eso que tan poco de moda está, eso que se llamaba autocrítica. Por eso,tal vez, antes de fijarnos en el morbo, debamos fijarnos en los inmensos problemas que están detrás de casos de esta índole. Porque tal vez, por algún motivo inimaginable, debamos pensar en qué hacemos con nuestros derechos, cómo cumplimos nuestros deberes y por qué hay gente que no los tiene en nuestro país. Tal vez reflexionar sea mejor que juzgar, encasillar y enjuiciar.

 

Entre recorte y reforma resuena una reivindicación. España se está convirtiendo progresivamente en uno de los países donde los ciudadanos externalizan más su frustración. La imagen que se tiene del manifestante está totalmente caricaturizada. En estos tiempos hay manifestantes de todos los tipos, reivindicando diversas ideas y luchando por infinidad de causas.

Una manifestación no es la confrontación con la policía; no son solo gritos y pancartas; es en buena parte de los casos una llamada de atención sobre un tema de imperiosa necesidad. Lo curioso y a veces confuso es que ciudades como Madrid se han convertido en el “manifestódromo” de Europa. Llega un punto en el que no sabes ni en qué masa te has metido. El domingo fluían por la capital española una manifestación contra los recortes y una en pos del aborto cero. Perfiles opuestos pero una misma forma de actuar.

El gran problema es que los manifiestos suelen ser papel mojado y pisado por los manifestantes. No es extraño ir a una manifestación, sea de lo que sea, en la que el cielo se inunda de globitos corporativos. Tampoco extraña hablar con una manifestante que defiende el aborto cero y otra que pide un poco más de control. Del mismo modo puedes escuchar gritos a favor de la república, mientras otro grita por la liberación de la mujer y el del fondo mueve de forma vibrante un estandarte antitaurino.

La pluralidad está genial. El problema de esta en las manifestaciones surge cuando no se sabe lo que se defiende. Si solo se grita de forma incontrolada, si las voces son un zumbido que no es escuchado, no se consigue nada. Tal vez sea por nuestra falta de tradición en eso de meternos en asuntos políticos. Por lo que sea en España se suele gritar o ensordecer, antes de dialogar.

Tal vez más dialogo y menos imposición. Señores, la manifestación debe buscar la apertura de un debate social, no imponer un modelo social. Por eso, cuando los gritos de España evolucionen hacia el diálogo y de este al grito común, pausado y sonoro, se podrá actuar; se podrá protestar.

Venezuela se levantaba tras una noche de insomnio electoral. Unos con la confianza en que todo permanecería igual; otros creyendo en otro camino. Ambos se equivocaron; aunque los medios han dejado correr estas elecciones algo ha cambiado en Venezuela. Ya no es la misma Venezuela que de forma absoluta seguía la revolución chavista. Tampoco es la Venezuela del cambio, no todos han querido extirpar a Chávez de su corazón y su nación. Sin embargo, sí que ha cambiado algo, la emoción ante las urnas, la paciencia ante las largas esperas, la superación del temor por el deber con su nación y la esperanza han sido algo inherente a estos comicios. Unas elecciones que, pese a lo que dicen los diarios, no han transcurrido con normalidad. 

 

Desde primera hora de la mañana la diana ya determinó que no iban a ser unas votaciones normales. La diana suele despertar a Venezuela y ser un llamado a las urnas. En esta ocasión, este pistoletazo de salida solo fue escuchado por algunos venezolanos. Emanaron desde Twitter muestras de extrañeza por parte de twitteros del país que no habían escuchado la diana en sus distritos.

 

Pese a este despertar con un toque de perplejidad, muchos venezolanos se dirigieron a sus mesas electorales a votar esperanzados. El nuevo sistema de votación automatizado prometía unas votaciones ágiles y seguras. Nada más comenzar, se demostraba que en ciertos colegios esto no pasaría de promesas. Estallaba en Twitter una cadena de advertencias en las que se afirmaba que el sistema contaba como nulos los votos emitidos cuando la imagen del candidato no estaba totalmente cargada. Esto supuso que los votantes más precoces perdiesen su derecho a voto. La guinda final a las complicaciones tecnológicas la pusieron las máquinas de ciertos colegios electorales; que debieron ser sustituidas por el voto manual a escasas horas del cierre oficial de los colegios.

 

A estos fallos se aunaron las esperas. Colas interminables que confrontaban con mesas vacías. Llegaron hasta el extremo de que horas tras el cierre oficial de las urnas, votantes esperaban para ejercer su derecho al voto. En estas colas se produjo la parte más dramática de la jornada, 3 víctimas de sangre por herida de fuego. Un total de 15 delitos se contabilizaron en esta jornada, que para muchos a transcurrido con… normalidad. Es tan normal que motoristas armados irrumpan y provoquen el pavor en las colas electorales.

 

Una normalidad que no vi cuando los tanques salieron a mantener la paz. Tampoco llegué a entender por qué el periódico El País recibió una filtración del CNE, en la que se afirmaba que Chávez ganaría por un millón de votos, cuando aún quedaban mesas abiertas; o cuando el ABC afirmaba que ganaría Capriles poco después del cierre oficial, que no definitivo, de las urnas. Una jornada que transcurre con normalidad según leo hoy. Pero es una jornada que hoy ha provocado que las cuentas de Twitter de muchos venezolanos ardan. Es una jornada que ha dado un nuevo ejemplo de oposición, una oposición con el respaldo de millones de venezolanos y que ha puesto a la continuidad contra las cuerdas. Una jornada que si bien no ha cambiado nominalmente la historia nominalmente puede, y casi debe, ser un punto de inflexión para que el debate se abra. Porque ayer, la mayoría de los venezolanos dieron un ejemplo de lo que es amar la democracia; ayer fue una jornada extraordinaria.

 

El 25 de septiembre comenzaba con rumores. Por un lado, unos hablaban de movimientos radicales tomando Madrid; otros de unas defensas megalíticas alrededor del Congreso; otros hablaban de que todo este tema al final iba a ser un sueño de Resines. Diversidad de rumores que han concluido en una palabra: fracaso. Fracaso porque el éxito de una manifestación no es solo el número de asistentes, es la apertura de un debate social sobre la reivindicación que se defiende. Fracaso, porque los golpes han tenido más relevancia que las ideas.

 Por supuesto, habrá quienes consideren al 25-S como un éxito, un intento de golpe de Estado, una mera reunión de perroflautas o una muestra de fascismo. Mi opinión es  que el 25-S ha sido un gran fracaso. Tampoco puedo afirmar qué habría sido un éxito en el 25-S; ya que las miles de personas que han asistido no han firmado unos objetivos. Cada cual ha ido por un motivo de indignación o de promoción. Banderas y pancartas que ondeaban entre los gritos de los que reivindicaban son pruebas de ello.

 Ha fracasado la protesta pacífica. De esto son testigos y pruebas los más de 60 heridos. De entre ellos cuatro policías y un manifestante con una lesión medular, según informaba el SAMUR. Podemos demonizar a cualquiera de los dos bandos, culpar a quién nos parezca más deleznable, pero la realidad es que esta noche, esas personas, porque al fin y al cabo son personas con nombre, apellidos y familia, estarán en el hospital.

 Ha fracasado el mensaje. La policía nacional debe transmitir un mensaje de seguridad; en este caso ha sido al revés. Ver a un policía lanzado pelotas de goma desde un andén al otro; la imagen de Atocha convertida en un frente, es de todo menos tranquilizadora. Ver del mismo modo como una iniciativa pacífica se llena de mensajes generalizadores, de oportunistas convertidos en portavoces y como las voces coherentes, los gritos de ayuda se pierden entre provocaciones y discursos prefabricados. Es un fracaso en tiempos de democracia que el titular sean los golpes y no las ideas.

 Ha fracasado la marca España. La misma por la que el rey y el presidente, Mariano Rajoy, viajaron a EEUU. La misma que ha sido defenestrada internacionalmente, con imágenes de confrontaciones, agresiones y demás espectáculos repulsivos. España ha ocupado titulares que llevan como componentes: golpes, batalla, enfrentamientos, rebelión, garrotazos, etc. Teniendo en cuenta el peso del turismo en este país, ha sido un gran revés esta imagen, este fracaso, este espectáculo kafkiano que pocos esperábamos.

 Lo que espero que no fracase es nuestro país. Espero que la intransigencia no venza al diálogo. Espero que el orgullo y el miedo no venzan a la necesidad de información y de claridad. Espero que el miedo nunca venza a la razón. Espero que las mentes cerradas, a diestra o siniestra, no acaben con los denominadores comunes que comparte nuestro país. Espero que el fracaso no llegue nunca a este proyecto común, a este país nominalmente llamado España; pero que formamos más de 47 millones de personas, nunca nos olvidemos. España no tiene dueño, tiene ciudadanos con los derechos y deberes que esto acarrea. 

 

Salir de la Comunidad de Murcia no es algo inaudito. Buena parte de los que tenemos sangre murciana, tenemos primos por toda España. Aquellos primos, repartidos por la geografía nacional, abandonaron la huerta para ir a lugares industriales, hacer fortuna o intentarlo al menos.

Seguir su ejemplo no es nada fácil. Es dejar atrás tu tierra, lo que has vivido y conocido muchos años. Al salir de ella te das cuenta de una cosa: nadie tiene ni idea de cómo es el lugar del que vienes. Una serie de estereotipos y prejuicios, alentados por ejemplos mediáticos nada representativos, hacen que Murcia y los murcianos seamos grandes desconocidos.

Al presentarte y decir de dónde vienes hay tres respuestas bastante repetitivas. La primera es hablarte de la Manga, a lo que me toca contestar que nunca he estado allí. La segunda, preguntarte si conoces a no sé quién; a algunos les cuesta entender que Murcia no es un pueblo. La tercera, y la que más me desconcierta, decir: “Acho, pijo, guevo” y esperar que ¿te rías?

Ante esto me pregunto si algunos de mis interlocutores sabrán ciertas cosas de Murcia. ¿Sabrán que Guillén, Lorca, Alberti, Alonso y otros grandes dejaron su firma en Verso y Prosa, revista murciana? ¿Sabrán que Juan de la Cierva, aquel que da nombre a tantas calles en nuestro país, venía de nuestra patria chica? ¿Sabrán del arte que las manos de Salzillo crearon o las ideas que sentaron a la mesa de Dalí a Emilio Pérez Piñero? ¿Sabrán algo del prestigio de la Universidad de Murcia en campos como el Derecho? ¿Cuántos sabrán algo más de Murcia además de que decimos “acho” y merendamos eses?

Es en Murcia donde aprendí el valor de la tierra, donde me formé y eduqué gracias a grandes profesores, donde me enseñaron que más allá de la apariencia está la esencia y que esta es individual. Es todo esto lo que me hace comenzar este viernes 21 de septiembre a acompañarles durante un tiempo, que esperemos sea un gran tiempo.

Esta ha sido mi primera vez en la prensa impresa, y la verdad que ha sido bastante satisfactoria ;).

Buena parte de la información política parece haberse cimentado sobre un grosso, desinformado y doliente de abulia, y sobre una élite, informada, escéptica y en ocasiones terriblemente pragmática. Los medios han elegido su nicho social por ideologías; la retroalimentación se ha convertido en un negocio. Un negocio que no es muy rentable para la empresa periodística. Mientras que cada cual defiende a su sector, mientras que el periodista se asfixia por las ligaduras impuestas por el publicista; el ciudadano del grosso desinformado anda perdido, siente pánico por esos periódicos ininteligibles para él; se deja llevar por los titulares incendiarios y populistas o simplemente anda demasiado ocupado en su desidia y en su supervivencia, para ver que lo que sucede más allá de su hipoteca puede ser crucial para él. Paralelamente, surgen aquellos que convierten el periodismo en clases magistrales, para que la élite goce o para que se enfurezca, pero ese periodismo no está al alcance de muchos por escasez de bagaje, tiempo o costumbre, en ocasiones ni tan siquiera al alcance comprensivo de aquellos que lo citan.

De este modo, la política llega a presentarse como un mundo paralelo, cuyas consecuencias y cuyo precio pagamos todos. Estos ciudadanos que continúan su vida, dejando que los de arriba hagan su labor, se van distanciando más y más de la política ¿Qué puedo aportar? ¡Eso no es cosa mía, que se encarguen ellos! repiten algunos; al hacerlo la sociedad está olvidando, eso los que algún día tuvieron conciencia política, que estamos en un sistema representativo, donde cada voto cuenta. De este modo, el ciudadano basa en impresiones primarias la labor de un gobierno, las medidas se juzgan por sus resultados de hoy, para bien o para mal y los escándalos, las malversaciones se convierten en temas de tertulias indignadas y en pretextos para generalizar a los políticos. Conversaciones que desembocan en la más amarga desidia, en el sentir común de que el ciudadano es víctima de aquellos a los que ha elegido, o como en el caso de la mayoría de la población española, en la cual la abstención gana las elecciones frecuentemente, de aquellos a los que no ha elegido.

A la vista de esta desidia, que aumenta alarmantemente, deberíamos preguntarnos sobre el futuro de nuestro sistema y sobre la información que de él recibimos. En el momento en el que aumente el número de individuos que vean inútil su opinión o su voz sobre el sistema, este perderá su esencia, será ejecutado. Si la esencia del sistema es la representación y cada vez hay menos representados; acabamos en un sistema donde una minoría es la que elige y una minoría más minoritaria y progresivamente menos representativa y plural es la que gobierna. Ante esto se abren dos caminos: o bien abandonamos a ese grosso desinformado hasta que la demagogia dé las armas y las falacias necesarias para arrasar el sueño democrático, o nos bajamos todos del pedestal, el periodismo recuerda y demuestra que su deber, una necesidad social, es informar de forma clara, concisa y directa, no aleccionar o sentenciar y nos ponemos manos a la obra para que de forma progresiva el ciudadano que ha sido víctima de las políticas recuerde que es parte de ese sistema y qué tiene que aportar, si le dejan. En definitiva ante la tesitura actual el ciudadano se siente víctima de la política. Manteniendo la misma línea podría llegar el momento en el que sea verdugo de la misma y entonces…mejor no pensar en entonces y actuar hoy.

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