14-N, una nueva cita para los clamores indignados, para suspiros desesperados, para destellos de esperanza y para intereses que se alejan de lo que pone en las pancartas, pero no se disimulan en la mirada. Una concatenación de intereses que marchan por el asfalto de buena parte del país. Se puede hablar de las cifras que patronal y sindicatos muestran, de la diferencia abismal entre estas, de los heridos, de las decenas de detenidos o de la diferencia entre manifestantes y huelguistas. Pero todo esto ya lo harán en otros espacios, se repetirá, se expondrá según la línea editorial. Quiero ir un paso para atrás o para adentro, depende de cómo se mire, me interesa reflexionar sobre los derechos a huelga y a manifestación, en sí.

¿Derecho o deber? La huelga es un derecho, en ningún caso se puede imponer. ¿Derecho o privilegio? En teoría es un derecho, en la práctica para demasiados es un privilegio. Retornando a la primera cuestión, me surge otra: si es un derecho, ¿por qué aparecen espectáculos como el acontecido frente a un local de Madrid, donde una turba ha increpado a la propietaria del local para que cerrase. ¿Cómo se llenan las bocas de derechos, de libertad, si luego por las mismas salen rugidos rabiosos, contra lo que proclaman? Tal vez, antes de increpar se deba reflexionar. Reflexionar sobre qué hace que no todo el mundo pueda ejercer ese derecho. Por un lado, hay personas con una ideología contraria, que respeta pero no comparte la huelga y merecen el mismo trato, respeto. Por otro lado, hay gente a la que la necesidad de llegar a fin de mes le restringe esos derechos; porque nosotros somos los que poseemos los derechos, pero hay ocasiones en las que las circunstancias nos hacen tener que relegarlos en pos de las necesidades. ¿Qué culpa tiene una persona de no llegar a fin de mes o de que su puesto de trabajo penda de un hilo?

¿Derecho o riesgo? Las últimas movilizaciones nos han mostrado que existe un riesgo tanto físico como ideológico. ¿Derecho o propósito de enmienda? La presencia del partido que anteriormente gobernaba, de otros partidos opositores y de movimientos sindicales parece ser un intento de propósito de enmienda por errores pasados. Porque ya hemos visto cómo los antidisturbios cargan, cómo las respuestas a las porras de estos vuelan y cómo por éstas cualquiera puede salir herido. Porque una manifestación es una lluvia de ideas, de banderas y a veces nos puede hacer perdernos en ese maremágnum, en el caos, en la falta de unión, en esa asignatura pendiente de las manifestaciones españolas; donde une un sentimiento, pero separan intereses. Tal vez convenga reflexionar sobre esto. También convendría que los políticos que hoy laureaban a los piquetes, los que se apropiaban de la manifestación, los que se hacían líderes y compañeros no se limitasen a los amagos, a los intentos de parecer simpáticos, humanos y cercanos y ocupasen su lugar. Su lugar es batallar, su batalla no se resuelve en la calle, en la calle está su aliento, está su jefe, el pueblo español. Por eso, queridos y excelentes señores que han ido animar, tomen las ideas, conózcanlas y no las retroalimenten; luchen por ellas. No se ciñan a hacer propósitos de enmienda, asuman sus fallos y enmiéndenlos desde el Congreso, desde el lugar en el que las voces que hoy gritan, callan o se ven amordazadas por las circunstancias les han puesto, actúen y no olviden lo que han escuchado, ni permitan que se obvie.

Anuncios