Esta semana hemos sido testigos del precio que una simple fiesta importada de Norteamérica puede tener. Hemos visto cómo la falta de organización y de seguridad y el descontrol pueden cobrarse, y se han cobrado, la vida de cuatro personas. Un tema alarmante y que provoca un nudo en la garganta. Un nudo que, al menos en mi caso, se convierte en una arcada cuando se ve el tratamiento que recibe por parte de ciertos, por no decir demasiados, medios de información.

A expensas de esta tragedia, esos medios, demasiados medios, han sacado a colación detalles de la esfera privada de las jóvenes difuntas. No bastaba con informar, por activa y por pasiva, de que habían muerto aplastadas, con contactar con expertos para que explicaran cómo habían muerto. No, esto no era suficiente. Hacía falta adentrarse en la vida privada de esas chicas, sacar a relucir relaciones, expedientes y genealogía, hacía falta ahondar en la herida, ¿hacía falta?

Habrá quienes defiendan a capa y espada este periodismo. Habrá quienes hablen de que esto es necesario para generar empatía, que en caso contrario la gente permanecerá pasiva, que la información es fría y los sucesos calientes. Yo soy de los que creen, estúpido de mí tal vez, que la información es fría, sí; que una historia o un suceso puede hacerla más comprensible al lector, pero que este suceso no debe suplir a la información. Porque la información ha de tener una utilidad para nuestro lector, y relatar una muerte, ahondar en una vida defenestrada por una desgracia y vapulear el derecho a la intimidad que todo ser preserva y más en las circunstancias de su muerte, no creo que tenga esa utilidad.

No comprendo la utilidad que tiene generar a expensas de un caso de esta magnitud un circo mediático. Convertir la esfera privada de la persona, que ha fallecido en un lugar o por unas circunstancias públicas, en la de un personaje notorio, suponiendo el equipararla a la de alguien que ha vendido su intimidad; cuando lo que ha hecho es morir y lo que ha hecho durante su vida, hoy truncada, ha sido vivir como tantas otras personas. Y cuando esto sucede, lo peor es que el motivo por el que se ha perdido a esas chicas se diluye entre las circunstancias. Se mezcla el juicio mediático con el juicio legal: llegándolo a entorpecer. Llegando a perturbar la supremacía de la ley, con los gritos orquestados. Porque entre los ya frecuentes mítines populistas que usan la desgracia para ganar votos, se ve algo más triste aún. Se es testigo de cómo se utilizan las desgracias, el morbo y el desgarro de una familia para hacer negocio. Y eso, digan lo que digan, lo denominen como lo denominen, no es periodismo. Eso es una nueva parafilia que creo que solo se puede denominar como necrofilia periodística.

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