El 25 de septiembre comenzaba con rumores. Por un lado, unos hablaban de movimientos radicales tomando Madrid; otros de unas defensas megalíticas alrededor del Congreso; otros hablaban de que todo este tema al final iba a ser un sueño de Resines. Diversidad de rumores que han concluido en una palabra: fracaso. Fracaso porque el éxito de una manifestación no es solo el número de asistentes, es la apertura de un debate social sobre la reivindicación que se defiende. Fracaso, porque los golpes han tenido más relevancia que las ideas.

 Por supuesto, habrá quienes consideren al 25-S como un éxito, un intento de golpe de Estado, una mera reunión de perroflautas o una muestra de fascismo. Mi opinión es  que el 25-S ha sido un gran fracaso. Tampoco puedo afirmar qué habría sido un éxito en el 25-S; ya que las miles de personas que han asistido no han firmado unos objetivos. Cada cual ha ido por un motivo de indignación o de promoción. Banderas y pancartas que ondeaban entre los gritos de los que reivindicaban son pruebas de ello.

 Ha fracasado la protesta pacífica. De esto son testigos y pruebas los más de 60 heridos. De entre ellos cuatro policías y un manifestante con una lesión medular, según informaba el SAMUR. Podemos demonizar a cualquiera de los dos bandos, culpar a quién nos parezca más deleznable, pero la realidad es que esta noche, esas personas, porque al fin y al cabo son personas con nombre, apellidos y familia, estarán en el hospital.

 Ha fracasado el mensaje. La policía nacional debe transmitir un mensaje de seguridad; en este caso ha sido al revés. Ver a un policía lanzado pelotas de goma desde un andén al otro; la imagen de Atocha convertida en un frente, es de todo menos tranquilizadora. Ver del mismo modo como una iniciativa pacífica se llena de mensajes generalizadores, de oportunistas convertidos en portavoces y como las voces coherentes, los gritos de ayuda se pierden entre provocaciones y discursos prefabricados. Es un fracaso en tiempos de democracia que el titular sean los golpes y no las ideas.

 Ha fracasado la marca España. La misma por la que el rey y el presidente, Mariano Rajoy, viajaron a EEUU. La misma que ha sido defenestrada internacionalmente, con imágenes de confrontaciones, agresiones y demás espectáculos repulsivos. España ha ocupado titulares que llevan como componentes: golpes, batalla, enfrentamientos, rebelión, garrotazos, etc. Teniendo en cuenta el peso del turismo en este país, ha sido un gran revés esta imagen, este fracaso, este espectáculo kafkiano que pocos esperábamos.

 Lo que espero que no fracase es nuestro país. Espero que la intransigencia no venza al diálogo. Espero que el orgullo y el miedo no venzan a la necesidad de información y de claridad. Espero que el miedo nunca venza a la razón. Espero que las mentes cerradas, a diestra o siniestra, no acaben con los denominadores comunes que comparte nuestro país. Espero que el fracaso no llegue nunca a este proyecto común, a este país nominalmente llamado España; pero que formamos más de 47 millones de personas, nunca nos olvidemos. España no tiene dueño, tiene ciudadanos con los derechos y deberes que esto acarrea. 

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