Buena parte de la información política parece haberse cimentado sobre un grosso, desinformado y doliente de abulia, y sobre una élite, informada, escéptica y en ocasiones terriblemente pragmática. Los medios han elegido su nicho social por ideologías; la retroalimentación se ha convertido en un negocio. Un negocio que no es muy rentable para la empresa periodística. Mientras que cada cual defiende a su sector, mientras que el periodista se asfixia por las ligaduras impuestas por el publicista; el ciudadano del grosso desinformado anda perdido, siente pánico por esos periódicos ininteligibles para él; se deja llevar por los titulares incendiarios y populistas o simplemente anda demasiado ocupado en su desidia y en su supervivencia, para ver que lo que sucede más allá de su hipoteca puede ser crucial para él. Paralelamente, surgen aquellos que convierten el periodismo en clases magistrales, para que la élite goce o para que se enfurezca, pero ese periodismo no está al alcance de muchos por escasez de bagaje, tiempo o costumbre, en ocasiones ni tan siquiera al alcance comprensivo de aquellos que lo citan.

De este modo, la política llega a presentarse como un mundo paralelo, cuyas consecuencias y cuyo precio pagamos todos. Estos ciudadanos que continúan su vida, dejando que los de arriba hagan su labor, se van distanciando más y más de la política ¿Qué puedo aportar? ¡Eso no es cosa mía, que se encarguen ellos! repiten algunos; al hacerlo la sociedad está olvidando, eso los que algún día tuvieron conciencia política, que estamos en un sistema representativo, donde cada voto cuenta. De este modo, el ciudadano basa en impresiones primarias la labor de un gobierno, las medidas se juzgan por sus resultados de hoy, para bien o para mal y los escándalos, las malversaciones se convierten en temas de tertulias indignadas y en pretextos para generalizar a los políticos. Conversaciones que desembocan en la más amarga desidia, en el sentir común de que el ciudadano es víctima de aquellos a los que ha elegido, o como en el caso de la mayoría de la población española, en la cual la abstención gana las elecciones frecuentemente, de aquellos a los que no ha elegido.

A la vista de esta desidia, que aumenta alarmantemente, deberíamos preguntarnos sobre el futuro de nuestro sistema y sobre la información que de él recibimos. En el momento en el que aumente el número de individuos que vean inútil su opinión o su voz sobre el sistema, este perderá su esencia, será ejecutado. Si la esencia del sistema es la representación y cada vez hay menos representados; acabamos en un sistema donde una minoría es la que elige y una minoría más minoritaria y progresivamente menos representativa y plural es la que gobierna. Ante esto se abren dos caminos: o bien abandonamos a ese grosso desinformado hasta que la demagogia dé las armas y las falacias necesarias para arrasar el sueño democrático, o nos bajamos todos del pedestal, el periodismo recuerda y demuestra que su deber, una necesidad social, es informar de forma clara, concisa y directa, no aleccionar o sentenciar y nos ponemos manos a la obra para que de forma progresiva el ciudadano que ha sido víctima de las políticas recuerde que es parte de ese sistema y qué tiene que aportar, si le dejan. En definitiva ante la tesitura actual el ciudadano se siente víctima de la política. Manteniendo la misma línea podría llegar el momento en el que sea verdugo de la misma y entonces…mejor no pensar en entonces y actuar hoy.

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