Suele abundar un prejuicio por el que se establece que la mujer que ejerce la prostitución es “mala” y el hombre que la ejerce es un “listo”. Esta es precisamente la creencia que trataré de desmontar con este post. Hay trabajadoras del sexo lista y autosuficientes; las hay que son producto de la desesperación y las hay que lo son de la explotación. De la misma manera existen los trabajadores del sexo que son víctimas indefensas de una de las formas de esclavitud más frecuente en este siglo: la prostitución forzada. Es decir, ella puede responder al estereotipo de gigoló y el al de “puta”.

La historia, que ha marcado como natural la superioridad del varón, ha protegido a este colectivo, los prostitutos, del escarnio social que sus compañeras de oficio han sufrido. Así se ha popularizado la figura del Toy Boy, que viejas celebrities llevan del brazo; en caso de ser una Toy Girl, se evitarían anglicismo y se hablaría de putas. Pese a su escasa aceptación social, pues se continua transmutando el oficio de prostituto a la profesión más antigua de España, la de pícaro, la prostitución masculina aumenta, o tal vez se haga más visible, en tiempos de crisis .

Sin embargo la picaresca, muchas veces, poco tiene que ver con la profesión más antigua del mundo. Pese al empeño de mantener el estereotipo masculino existen casos en que los hombres son explotados sexualmente; al igual que las mujeres víctimas de la trata de blancas. Un ejemplo es el de una red de explotadores sexuales que traían hombres desde Brasil, les forzaban a ejercer la prostitución y les facilitaban droga para el cometido. Una de las más utilizadas para este fin, el popper cuyo uso frecuente puede provocar daños neurológicos, entre otros. También aparece en estos lares la necesidad, la necesidad de comer, de darle algo a los tuyos o de salir adelante lleva tanto a hombres y mujeres a hacerlo todo.

La otra cara de la prostitución es la de esa mujer que no necesita a Richard Gere para que le hagan la pelota, las escorts. Más allá de la marginalidad, de la necesidad, de la explotación aparecen mujeres que ejercen la prostitución por su propio interés. Un ejemplo, Montse Neira, una mujer que afirma haber escapado de la marginalidad gracias a la prostitución y que cuenta su experiencia en su libro: “Una mala mujer”; cuyos beneficios irán destinados a esas mujeres socialmente consideradas malas. Neira es una defensora de la labor social de la prostitución; ella se dedica a trabajar con gente con problemas como el síndrome de Down y a cubrir las necesidades sexuales, que por otra vía les sería muy complejo satisfacer. También existen empresas dedicadas a este sector; un ejemplo que me  ha sorprendido, este curriculum para ejercer como prostituta de lujo que he encontrado en la red.

De este modo encontramos víctimas de la necesidad y de la intransigencia que se ven a merced de explotadores y por otro a personas que deciden ejercer esta profesión, hacer del sexo su modo de vida. Sorprendentemente, las acciones ejercidas contra esta profesión no suelen buscar su erradicación, buscan su salida de la vía públicas, del ojo. ¿Cuántos clubs permanecen abiertos y cuántos pisos a costa de la explotación humana? ¿Cuántas buenas personas acudirán a retozar con estos que socialmente son tan malvados? ¿Cuántos están cobrando cantidades más indecentes que la propia actividad  y sin trabas fiscales? ¿Cuántas son escorts y cuántos putos?  Mientras la sociedad siga empeñada en hacer invisibles a las trabajadoras del sexo y en “admirar” a los toy boys;  creará estigmas sociales en unas y marginados sociales en otros casos. Concluyendo ella puede ser gigoló, escort, y él ser tratado como una puta.

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