La obviedad, la condena de una sociedad que se deja llevar por el instante. Una imagen  da lugar a la traición del cerebro, en pos del globo ocular.  Un claro ejemplo está en la figura del verdugo, del ejecutador de las condenas y de las órdenes. En una empresa se suele odiar al que se encarga de despedir, aunque sea un empleado más; en un gobierno el más criticado, el que sale al ruedo en tiempos de tormenta; en una guerra, el que sale en una foto empuñando un arma o con la sangre y el barro en las suelas.

García Berlanga recogía, en su película El Verdugo, el estigma del mismo. Personas señaladas por su oficio. Un oficio que consiste en subir a un cadalso, entrar a una celda o en un lugar que tal vez desconozcan y cumplir una orden. Lo más irónico, mientras el verdugo sufría la discriminación social; el que sentenciaba, en el mejor de los casos un “entendido” en leyes es quien condena, era distinguido por su poder. Un poder que un verdugo no tiene, cumple la orden y ya; unos por sadismo, otros como el pobre enterrador que protagonizaba el film de Berlanga, por presión y necesidad; otros tal vez ni sabrían explicar el porqué.

No cabe duda que sobre la discriminación de los verdugos se podría hablar largo y tendido, sobre la endogamia dentro de esas familias estigmatizadas; sobre la hipocresía de los que gozaban con el show y después salían con su moralina intacta, etc. Sin embargo, es el poder lo que hoy me ha llamado la atención, el poder y la simplicidad. Una mezcla realmente peligrosa, un ejemplo con nombre: Jorge Otilio Cantú Cantú. Un joven asesinado por unos policías militares en México hace un año. Tras su muerte se trató de cubrir con un tupido velo la rafaga de 40 disparos a quemarropa que sufrió, algo que su padre no permitió totalmente. A día de hoy sus verdugos, en reclusión; sin embargo el superior de estos no aparece en ningún documento, la férrea disciplina marcial desaparece en estos informes y pocos preguntan. Ya tienen los nombres de esos verdugos, de aquellos que apretaron el gatillo, de los culpables de ejecución. Teniendo eso a pocos parece interesarle los culpables de condena de Jorge. ¿Quién no paro u ordenó a esos subordinados?

En el fondo, este caso no es especial, pero si horrible, como tantos casos sin tan siquiera verdugos de facto por la “aldea global”. Perdonen la misantropía, pero en muchas ocasiones el ser humano me parece terriblemente infantil. A fin de cuentas, buscamos un culpable y pocas veces se indaga más; que alguien nos diga a quien culpar, que se nos de un rostro al que odiar, un enemigo, en definitiva. Tras esto hablaremos de justicia de forma terriblemente relativa, de la forma que nos han dicho que es justo hablar de justicia. Sí, se hará esa justicia, se condenará por un delito tal y como se debe, pero si se castiga a quien empuña el arma y no a quién la ha puesto en su mano, no será la última condena.

Mientras todas las energías se gasten en buscar culpables y no en las causas que han provocado esas culpas, estas no cesarán. Pero claro, buscar a quién crea verdugos suele ser sinónimo de encontrar al propio.

Gracias a todos aquellos que cada mañana se levantan buscando no solo cerrar un caso, sino que no se abran más.

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